Castillos de arena

Caminaba por la orilla, descalzo, pisando la arena húmeda.

Al fondo, dos niños jugaban con la arena. Se escuchaban sus carcajadas mezcladas con los graznidos de las gaviotas.

Me acercaba despacio, sintiendo el agua entre los dedos de los pies. Dejaba pequeñas huellas, que el vaivén de las olas se encargaba de borrar.

Cuando llegué a la altura de los niños, me quedé observando.
Estaban metidos en su papel de pequeños constructores de castillos. Dejaban caer los churretes de arena y agua entre los dedos de las manos, dando una forma gótica a aquellas pequeñas fortalezas medievales.

Uno de los niños, con mirada risueña, fijo sus ojos en los míos.
Nos quedamos mirando fijamente.
Le pregunté si necesitaba algo, y respondió que no.

Bajo un poquito la mirada y sus ojos comenzaron a brillar.
Inundándose. 
Las lagrimas resbalaban por sus mejillas, hasta caer en su pequeña fortaleza, que poco a poco se iba derrumbando.

Volvió a alzar la mirada y con la voz entrecortada, dijo: 'un abrazo'

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Ayer pude abrazarme cuando era niño.

Ayer, regresé a la playa donde jugaba con mi amigo Samuel;
donde las horas, los días, los veranos, eran tan bonitos que no quería que terminaran nunca.

Ayer, me enseñaron que puedo volver a esa playa cuando lo necesite, y darme el amor, el cariño y los abrazos que tanto anhelaba.

Ayer, empecé a quererme.

Gracias por este viaje, Sara.