Cuando preparamos semilleros siempre me acuerdo de ella.
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Me contaba historias de cuando era niña.
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Me explicaba como su abuela y su mamá, la enseñaron a recolectar y guardar semillas.
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Yo ponía toda mi atención en sus palabras.
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Ella, me repetía una y otra vez que, enseñar, es aprender dos veces.
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- Lo cuento para ti y para mí.
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Llevaba más de ochenta años repitiendo los mismos procesos.
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Cuidaba un pequeño espacio de tierra, su allpa tarpuna, y cultivaba las semillas ancestrales que había heredado de su familia y comunidad.
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Aquel día, mientras desgranaba una mazorca de maíz, me miró a los ojos y levantó las manos acercándolas hacia mí.
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- Ves. Cada una de estas semillas representa mi pasado; ahora, nuestro presente y nuestro futuro.
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Sus mejillas dibujaron una pequeña sonrisa.
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- Alza tus manos, hijo. Estas son para ti.
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Cerró mis manos y las apretó con fuerza.
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- Siémbralas. Cuídalas. Compártelas con quien creas necesario. Enséñales a cuidarlas.
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Bajé las manos y guardé las semillas en un pañuelo que llevaba en el bolsillo.
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Ella continuó con la siembra.
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Las dejaba caer suavemente sobre la tierra.
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Luego, las tapaba y tarareaba una canción.
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Las estamos despertando, dijo.
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Con el paso de los días saldrán a saludar.
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Ahora, debemos ser pacientes.
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Agradecido a la ancianita Munay, que en el Ecuador, me hacía sentir como alguien de su familia cuando yo estaba a miles de kilómetros de la mía. Maestra de paciencia, de habla tranquila y suave, de mirada pura y dulce, de ojos risueños...